Cuando hablamos de carne, nos referimos tanto al pollo, la ternera, el pavo o el cerdo, como a todos sus derivados, como hamburguesas, salchichas o embutidos (incluido jamón serrano). La carne roja incluye la de vacuno, cerdo, cabra, cordero o caballo, así como todos sus derivados. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), la carne roja ha sido clasificada como “probablemente cancerígena para los seres humanos” (Grupo 2A), mientras que la carne procesada está catalogada como “cancerígena” (Grupo 1), ya que existe evidencia suficiente de que su consumo aumenta el riesgo de cáncer colorrectal. Por este motivo, desde una perspectiva nutricional, se recomienda limitar su consumo y priorizar opciones más saludables como las carnes blancas: pollo, pavo o conejo.
Además, debemos tener en cuenta que una gran parte de la producción ganadera actual procede de macrogranjas, donde los animales suelen vivir en condiciones poco favorables. Estas condiciones pueden afectar a la calidad del alimento que finalmente consumimos. En el caso del ganado vacuno, el uso de hormonas para mantener la producción también puede tener un impacto negativo en la salud humana. Por todo ello, el consumo de carne debería ser moderado y orientarse preferentemente hacia carnes blancas, que presentan un perfil nutricional más favorable.
En cuanto al pescado, uno de los principales problemas actuales es la presencia de metales pesados, especialmente el mercurio. Cuanto mayor es el tamaño y la longevidad del pez, mayor suele ser la acumulación de estos metales, ya que se concentran a lo largo de la cadena alimentaria. Los pescados de piscifactoría tampoco siempre son la mejor opción, ya que suelen presentar un mayor contenido graso y una menor calidad debido a las condiciones de cría. Por ello, se recomienda optar por pescados de pequeño tamaño y con bajo contenido en metales pesados, como sardinas, boquerones, jureles o caballa.


Respecto a los huevos, se trata de un alimento con un contenido elevado de colesterol. Si los niveles de colesterol se encuentran dentro de la normalidad, su consumo no supone un problema. Sin embargo, en personas con colesterol LDL elevado, conviene moderar su ingesta o priorizar el consumo de claras, que no contienen colesterol.
También es importante conocer el significado de la numeración que aparece impresa en la cáscara del huevo, ya que indica el sistema de cría de la gallina:
- 0: producción ecológica (gallinas con acceso al aire libre y alimentación ecológica).
- 1: gallinas camperas (acceso al exterior).
- 2: gallinas criadas en suelo, sin acceso al exterior.
- 3: gallinas criadas en jaulas.

Siempre que la economía lo permita, es recomendable elegir huevos con numeración 0 o 1, ya que suelen ofrecer una mejor calidad nutricional y un mayor bienestar animal. Aun así, es cierto que el precio suele ser ligeramente superior.
Por último, existe actualmente una tendencia a sobrevalorar el consumo de proteínas. En realidad, las proteínas deberían representar aproximadamente un 15 % de la alimentación diaria, frente a un 30–35 % de grasas y un 45–50 % de hidratos de carbono. Este aporte proteico suele cubrirse con facilidad a través de una alimentación equilibrada, a pesar de la creciente oferta de productos “proteicos” como yogures o panes enriquecidos. Además, en el reino vegetal también encontramos excelentes fuentes de proteínas, como las legumbres, los frutos secos o algunos cereales y pseudocereales, como la quinoa.
Con todo ello, es fundamental destacar la importancia de conocer el origen de los alimentos que consumimos, ser conscientes de lo que ocurre en su proceso de producción —aunque no siempre sea visible ni se muestre abiertamente— y, a partir de esa información, tomar decisiones más responsables y adecuadas en cada momento.
Debemos ser conscientes que nivel energético, incorporar alimentos que provienen del miedo y dolor, puede introducir en nosotros una carga vibratoria densa que puede alterar el equilibrio emocional y manifestarse como agresividad o violencia, dos rasgos presentes en la sociedad actual.
